SIDA y cocina: cuando alimentar también fue un acto de resistencia

Mientras la ciencia buscaba respuestas y el estigma aislaba a miles de personas con SIDA/VIH, amigos y vecinos descubrieron que la comida también era una forma de resistir

Por Andrea Chavarria · junio 30, 2026

En un mes de orgullo y celebración, también vale la pena recordar una historia de resistencia. Una que estuvo marcada por el miedo, el estigma y la pérdida, pero también por redes de cuidado que encontraron en la comida una forma de sostener la vida cuando la medicina aún tenía pocas respuestas. Una fuerza que se alimenta desde el alma, pero también desde el cuerpo.

A principios de la década de 1980, médicos en Estados Unidos comenzaron a registrar casos de una extraña neumonía y otras infecciones en hombres jóvenes. Una enfermedad de la cual aún se desconocía la causa y que, poco a poco, debilitaba el sistema inmunológico hasta provocar la muerte. Un diagnóstico que, en un principio, fue nombrado GRID (gay-related immunodeficiency) o inmunodeficiencia relacionada con los homosexuales.

Para 1982, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC por sus siglas en inglés) definieron oficialmente la enfermedad y le dieron el nombre de síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). Sin embargo, no fue hasta tres años después, en 1984, que se identificó el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) como la causa de dicho diagnóstico. Un virus que se propagaba silenciosamente hasta causar la muerte de quienes lo contraían.

sida y comida1
Foto de The Australian National Maritime Museum en Unsplash

Previo a la detección del virus, la concepción del SIDA giraba en torno a juicios morales sobre aquellas personas diagnosticadas, hombres homosexuales en su mayoría. El miedo, la discriminación, la homofobia y el desconocimiento sobre la enfermedad influyeron en las decisiones políticas, la respuesta de salud pública, el aislamiento social y el trato que recibían quienes vivían con el diagnóstico. 

Miles de testimonios relatan historias de personas que enfrentaron la enfermedad prácticamente solas. Muchas fueron rechazadas por sus familias o abandonadas por miedo al contagio. Mientras que el personal médico hacía frente a una enfermedad desconocida sin un tratamiento efectivo, gran parte de la atención se centraba en aliviar los síntomas y tratar las infecciones más que en detener el avance de la enfermedad. 

Y fue ahí, en ese catastrófico escenario, cuando todo parecía reducirse al miedo o a la idea de un supuesto castigo divino asociado a la homosexualidad, que amigos, parejas, vecinos y voluntarios comenzaron a crear sus propias redes de apoyo. Cuidaban de quienes recibían el diagnóstico, los acompañaban desde sus primeros síntomas hasta sus últimos días, encontrando refugio y consuelo en uno de los gestos más cotidianos, cocinar para ellos. Porque incluso en medio de la enfermedad, compartir un plato de comida era una forma de dignidad, afecto, esperanza y placer. 

Cuando comer dejó de ser algo cotidiano

La alimentación para pacientes con VIH era y continúa siendo un factor clave para sobrellevar la enfermedad, pues uno de los principales efectos es la pérdida de peso -hasta 10 % del peso habitual-, diarrea y desnutrición. Esto hacía el acto de comer algo indispensable para sobrevivir, aunque la comida, más allá de saciar el hambre, adquirió una connotación más emocional, de placer y consuelo.

Como si no fuera suficiente lidiar con la pérdida de peso a causa del SIDA, algunos medicamentos de la época también agotaban la energía disponible, por lo que requerían de dietas ricas en proteínas y carbohidratos que pudieran contrarrestar los síntomas. Por ello, se recomendaba evitar alimentos irritantes como el picante o el exceso de fibra que resultaban contraproducentes al ser consumidos, según el testimonio de David Whitehouse, compañero y expareja de Ian, quien perdió la vida a causa de la enfermedad.

“Creo que muchos hombres homosexuales simplemente querían algo que no les sentara mal, que fuera reconfortante y cálido, que les diera una sensación de placer, pero que tal vez no tuviera mucho picante ni ingredientes como mucha fibra que, temían, pudieran empeorar las cosas.”
David Whitehouse
sida y comida
Foto de Navy Medicine en Unsplash

La cocina, un lugar de resistencia y amor

Compartir el alimento se convirtió en un acto tan profundo de cuidado y resistencia, que amigos y familias cocinaban para el otro ante la falta de energía para poder hacerlo. Asimismo, voluntarios se unieron a la causa, desde apoyar en actividades diarias hasta compartir un plato de sopa caliente, que no solo reavivaba el calor del cuerpo, sino del alma.

Ante esa necesidad cotidiana de comer, surgieron iniciativas comunitarias como Project Open Hand y God ‘s Love We Deliver que entendieron que alimentar también era una forma de cuidar cuando la sociedad les daba la espalda. Estas pequeñas comunidades preparaban comida desde sus propias cocinas para compartir con vecinos que vivían con VIH. Porque donde el resto del mundo veía la “plaga gay” como una sentencia, solo unos cuantos pudieron identificar la necesidad, el hambre y la enfermedad como una realidad inaceptable y digna de cambio.

sida y comidaa
Foto de Harry Tucker en Pexels

Proyectos como los mencionados y los famosos Buddy Programs, programas con personas voluntarias que apoyan en las actividades diarias de personas con VIH/SIDA, no solo cambiaron la historia, también la vida de aquellos que vivían con el diagnóstico. La comida era una forma poderosa de sobrellevar una vida dura. Era un momento de conexión entre quienes recibían el diagnóstico, sus cuidadores, el personal médico, los amigos y la familia. Un espacio donde el alimento funcionaba como un vehículo para regresar la esperanza.

Por otro lado, la visibilidad cruda de la epidemia llegó con Diseased Pariah News, una revista de humor sobre el SIDA, creada por Beowulf Thorne, quien en una columna llamada Get Fat, Don’t Die, compartía recetas, sugerencias de comida, información sobre los padecimientos estomacales como diarrea y náusea, y alimentos para complementar las dietas, todo esto con un ligero toque de burla a los suplementos recomendados en el momento.

sida y comida
Foto de Internet Archieve

La historia de la epidemia del VIH/SIDA no solo se escribió en registros hospitalarios, también en las cocinas y en el amor detrás de cada plato que reconfortaba después de un día pesado; en las compras para quien ya no podía salir de casa o el compartir una mesa con personas socialmente aisladas por el miedo y rechazo. 

Una época en la que el activismo también se vivió por medio de ingredientes y utensilios, recetas adaptadas y comunidades que comprendieron la importancia de devolver la dignidad y el placer a través de cada bocado. Un lenguaje de profundo cariño hacia las personas con VIH, porque cuando las respuestas médicas eran insuficientes, la comida no podía detener la enfermedad, pero sí hacerla un poco más llevadera. 

Fuentes consultadas

Más notas chulas

También te puede interesar...

Disfruta de este otoño y descubre el invaluable papel de la calabaza en las diferentes culturas del mundo

Pocas cosas son tan icónicas de esta temporada como las flores de cempasúchil, pero ¿sabías que tiene muchos más usos que sólo decorar la ofrenda?

La bebida por excelencia para celebrar es el champagne. Por ello te dejamos lo que tienes que saber de esta bebida burbujeante para que te vuelvas experto este Día del Champagne